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¡¡Hola!!, me llamo Francisco, nací en la ciudad de Asís en 1182 y, aunque han transcurrido más de ochocientos años, todavía algunos se acuerdan de mí...

Cuando busco el por qué de mi existencia, encuentro la respuesta en el Evangelio: "Dichosos los pacíficos porque de ellos será la tierra".

Sí, os lo confieso: traté siempre de ser pacífico, no violento, o al menos, deseé serlo con toda mi alma... Si estuviera de nuevo con vosotros recorrería el mismo camino, porque estáis hartos de violencia y porque deseáis ardientemente vivir en mutua paz y concordia. Ya sabéis que los humanos preferimos por puro instinto el cordero, al león. 

Mi padre se llamaba Pedro Bernardone, comerciante en telas, próspero burgués con ínfulas de poder y de dinero. Mi madre era Juana, a quien las vecinas llamaban Madonna Pica, quizás por su origen francés, ya que era oriunda de la Picardía, región francesa. Gustaba de la música y la poesía provenzal, de los trovadores y los torneos caballerescos.

Mi juventud fue alegre y disipada. Mi carácter jovial, mis deseos de fiestas y parrandas y mi bolsa repleta de doblones de oro favorecieron mi elección como "Rey de la Juventud de Asís". Fuí un líder entre los jóvenes de mi ciudad, así me entenderéis mejor.

Buscando la fama y la gloria, para ser armado caballero marché a la guerra contra la vecina ciudad de Perugia. Fuimos derrotados y gané un año de prisión y enfermedad, que me permitieron reflexionar sobre el sentido de mi vida: "¿A quién es mejor servir, al señor o al criado?".

Y comencé una nueva aventura... ¿por cuanto tiempo? Hice la experiencia de vivir pobremente, mendigando de puerta en puerta y cuidando a los leprosos. ¡Qué horror! Su sola presencia me producía asco.

Este derrotero nuevo dado a mi vida fue incomprendido por mi padre. Ante sus consejos, nunca desistí de este empeño. Confieso que fuí un rebelde y que fuí también algo injusto con él... ¡Pobre Padre!

Me desheredó, pero antes de que él lo hiciera ya había renunciado yo a todo. Y, aún más, tuve la osadía de desnudarme ante el obispo, autoridades, mis padres, paisanos y mis leprosos y proclamar en voz muy alta: "Hasta ahora te llamaba padre mío, Pedro Bernardone. Pero desde este momento ya puedo decir de verdad: Padre nuestro, que estás en el cielo".

Un día, paseando por los alrededores de mi ciudad natal, entré en una ermita ruinosa llamada de San Damián. Un crucifijo románico que pendía del fondo de la ermita, junto al altar mayor, me habló con estas palabras: "Francisco, ve y repara mi Iglesia que amenaza ruina". Al instante me puse a tapar grietas y a cubrir la techumbre. Pero, ¡qué asombro!, no era la vieja capilla la que tenía que arreglar, sino la Iglesia viva que formamos todos los hijos de Dios.

Más tarde visité otra capilla, también a las afueras de Asís dedicada a Santa María de los Ángeles. Era el veinticuatro de enero. Asistí a la Santa Misa y, como Dios me buscaba, se me reveló allí con toda claridad:  "Vende lo que tienes, repártelo entre los pobres y sígueme. Lleva una sola túnica, unas sandalias y un bastón. Toma mi cruz y sígueme". Por unos instantes quedé perplejo, pero reaccioné y me dije: "Esto es lo que tú buscabas, esto es lo que tú querías. Vive el Evangelio a la letra, sin glosa, y sea él tu forma de vida".

Me entregué en cuerpo y alma a esta tarea . Al poco tiempo lo más florido de la juventud de Asís, aquellos amigos de juergas, fiestas y parrandas, quisieron vivir su cristianismo según mi estilo. De este modo se me fueron uniendo el hermano Bernardo, el hermano León, el hermano Rufino, el hermano Angel, y tantos, tantos... hasta el punto de verme en la necesidad de "organizar" -aunque no me gusta la palabra- tres grupos de personas. Hermanos Menores, conocidos como Franciscanos a secas, las Damas Pobres, llamadas también Clarisas, por su primera servidora: Clara de Asís. ¡Qué delicia de mujer! Clara de nombre y más Clara de espíritu. Y un tercer grupo de seglares, matrimonios e hijos, jóvenes y ancianos, que sin abandonar sus hogares, trabajos y menesteres, viven mi ideal.

A mis frailes les enseñé a ir de pueblo en pueblo como peregrinos y extranjeros, anunciando la gozosa salvación de Dios. Les saludaba a los hombres con esta frase: "PAZ Y BIEN". Y les dije que predicaran con palabra sencilla y brevedad de sermón el Santo Evangelio. Más con los hechos que con las palabras. Les decía que fueran "Fray Ejemplo".

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Última actualización: 15 de agosto, 2008
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